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¿Estamos dispuestos a cambiar por Él?

Hoy domingo de Ramos da comienzo la  Semana Santa con el recuerdo de la entrada de Jesús a Nazaret arropado, por multitud de gente. Una imagen muy distinta a la que padeció el viernes de dolor, donde fue crucificado casi en soledad.

Sin duda alguna, Jesús es la persona a la que yo quiero seguir, Él dio su vida por nosotros, pero no lo tenemos que ver como algo triste, si no como una oportunidad para cambiar.

Nosotros tenemos la oportunidad de recibirlo cada mañana, pero ¿cómo lo hacemos? Muchas veces, nos limitamos a recibirlo con una oración y  nos olvidamos de Él durante el resto el día, hasta la noche, que si nos acordamos, hacemos otra oración o nos limitamos a decir un “padre nuestro” o lectura del Evangelio.

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Este pasaje de la vida de Jesús, a pesar de ocurrir sobre el año 30 de nuestra era, es muy actual ya que esto sigue pasando a nuestro alrededor. Cuando las cosas nos van bien, tenemos a mucha gente alrededor que nos dice lo buenos que somos, lo bien que lo hacemos… pero cuando nos van mal, desaparecen casi todos, aunque siempre tenemos, al igual que Jesús, nuestro pequeño grupo de fieles.

Normalmente nos olvidamos que dentro de este grupo de fieles, está Jesús. Es, en estas situaciones, cuando nuestra fe flaquea, no entendemos por qué las cosas han pasado así y al igual que Jesús podemos pensar, “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado”. En este vídeo nos hace reflexionar que Jesús siempre está a nuestro lado aunque no lo veamos ni lo sintamos, Él nunca nos abandona.

 https://www.youtube.com/watch?v=WsZH4xIMap0

Sin duda alguna, Jesús es la persona a la que yo quiero seguir, Él dio su vida por nosotros, pero no lo tenemos que ver como algo triste, si no como una oportunidad para cambiar. Este cambio está dentro de nosotros ¿estamos dispuestos a  cambiar por Él? Tenemos que dejar a un lado nuestros miedos, comodidades, tenerlo presente durante todo nuestro día y verlo y sentirlo en cada momento. El Papa Francisco, durante la Jornada Mundial de la Juventud dijo “Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados”

Para acabar, os dejo una pequeña oración:

Dios, Padre Bueno, tú que nos amas hasta el extremo, ayúdanos a poner en práctica tu Palabra de Vida. Enséñanos a amar a los demás con todas nuestras fuerzas, y que nuestro amor no se quede en buenas palabras sino que se traduzca en obras de justicia, de amor y de servicio a favor de todas las personas, especialmente a los más pobres. Amén.

 

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¿Y TÚ, CREES ESTO?

Esta reflexión se presenta como intención de guiar nuestra oración, a través de la Palabra para el V Domingo de Cuaresma. Parte de una pregunta:

“¿Crees esto?”, ¿Crees su Palabra, su mensaje, crees en Él?

 

En esta reflexión, vamos a ir desglosando el mensaje de Palabra (Jn 11, 1-45) y haciéndolo parte de nuestra oración a través de preguntas para la introspección personal. Una vez hayamos leído la lectura, comencemos a reflexionar. Vamos a dividirla en cuatro partes.

La situación, el planteamiento de la Lectura, parte del mensaje que María y Marta envían a Jesús para que acuda a curar a Lázaro, que está enfermo. Pero cuando Jesús llega, Lázaro ya lleva enterrado dos días. La primera de las partes se refiere al momento en que Marta sale al encuentro de Jesús. Su primera reacción frente a la tardanza de Jesús es de recriminación, de incomprensión, pero a continuación Marta le dice que confía en Él y sabe que le concederá todo aquello que le pida.

 

Este encuentro lo podemos relacionar con nuestro momento actual de oración al estar leyendo esta reflexión o con cualquier momento de oración personal. La oración es un encuentro con quien nos ama, con quien nos hace sentir queridos y arropados incondicionalmente, dejando a un lado cualquier recriminación o resentimiento anterior. En la oración, Jesús se compadece de nosotros y nos mira con cariño, de igual modo que lo hace con Marta. ¿Cuántas veces salgo yo también a su encuentro?

 

El segundo momento de la lectura es, para mí, el punto de inflexión en ella. Jesús le cuestiona directamente y le dice a Marta: “¿CREES ESTO?”. Y ella, responde con rotundidad: “SÍ, Tú eres el Mesías”.

Nuestro día a día, nuestras obligaciones nos hacen ser egoístas, tal vez, impacientes. Queremos todo ya, en el momento que pensamos que es el mejor. Queremos una respuesta rápida, eficaz, sin esfuerzo. Pero Jesús, al parecer para Marta, “llega tarde”. Sin embargo, su Fe es fuerte, ella cree ante todo en Él y así lo afirma. ¿Cómo de profunda es mi Fe? ¿Cuánto tiene de importante en mi día a día? ¿Soy capaz de decir “sí” a Jesús cada día?

 

En tercer lugar, vemos una imagen que nos sorprende. También sorprendió a los que rodeaban a Jesús. Él no se avergüenza de llorar en público. Podemos entender el llanto y la tristeza que muestra Jesús como un sentimiento de nobleza y de compasión frente al dolor del hermano, de las personas que le rodean.

Entendemos que, en nuestra oración, cuando ponemos en manos de Dios nuestros problemas, Él los hace suyos, se compadece y se conmueve. Pero, en mi caso, ¿qué es lo que me hace llorar?, ¿qué me conmueve? ¿Solo mis problemas o también los de las personas que me rodean? ¿Los pongo en manos de Dios o me creo dueño de mi vida? ¿Soy capaz de conmoverme por los demás como lo hace Jesús, de luchar contra las injusticias y consolar al que esté a mi lado?

 

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Por último, se produce el milagro. Jesús, tras hablar con su Padre, resucita a Lázaro. Y, entonces, todos los que presenciaron esa escena, por sus obras, creyeron en Él.

En este último momento, ya solo queda ver en las obras de Jesús nuestro estilo de vida, nuestra guía para presenciar nuestros actos. Ser conscientes de que Él sabe qué es lo necesitamos y poner en sus manos nuestras necesidades y las de las personas que nos rodean, para que con sus hechos marque nuestro camino.

 

Os invito a escuchar la canción “En mi Getsemaní”, destacando las frases que para nuestra oración sean relevantes. En mi caso, he pensado en esta canción por la frase “Aquí estoy para hacer tu voluntad, para que mi amor sea decirte sí hasta el final”.

 

https://www.youtube.com/watch?v=-zLvJs5i1cs

 

Para terminar, os propongo rezar la siguiente oración y mantenernos en silencio, tras su lectura, para que sea Dios quien nos interpele:

 

Te conmueves en mí, Señor, te haces presente en mi dolor, te entrego todo mi corazón, todo lo frágil que soy, lo que me duele. Tú me tocas en la oración, porque tus manos lo pueden todo. Sí, Tú eres Dios. Te presento todo mi ser, mi corazón, porque Tú ya sabes qué es lo que necesito.

 

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CIEGOS EN FE

Leyendo el evangelio de este domingo, cuarto domingo de #Cuaresma, me doy cuenta que el dicho de no hay más ciego que no quiere ver nos va bien para describir cómo estamos viviendo la fe nosotros en la actualidad, nos ocurren muchas cosas buenas a lo largo de nuestra vida y en la mayoría de las ocasiones no nos acordamos quién está ahí para que todas esas cosas estén ocurriendo, rara vez nos acordamos de darle gracias al Señor por todas esas alegrías y triunfos.

Este tiempo de cuaresma es un tiempo de reflexión, de mirar en nuestro corazón y saber qué es lo que necesitamos, qué es lo que realmente nos hace felices pero siempre teniendo muy presente a Dios

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Estamos ciegos cuando pecamos, cuando no miramos más allá, cuando nos dejamos llevar por las apariencias, cuando no nos abrimos a los demás y le ayudamos…

Ciegos también cuando el egoísmo sólo nos deja pensar en nosotros mismos y nos hace huraños. De este modo, intentamos llegar a la felicidad, sin éxito alguno. No nos damos cuenta que nuestra felicidad también está en el prójimo y en seguir el camino de fe que Jesús nos ofrece.

Este tiempo de cuaresma es un tiempo de reflexión, de mirar en nuestro corazón y saber qué es lo que necesitamos, qué es lo que realmente nos hace felices pero siempre teniendo muy presente a Dios. Porque a veces tenemos ciego el corazón y como dice el principito “solo se ve bien con el corazón”.

La reflexión podemos empezarla con la misma pregunta que aparece en el evangelio de San Juan “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”  “¿Y quién es, Señor para que crea en él?”  ¿Cuántas veces hemos juzgado a alguien por nuestras apariencias? y ¿Cuántas veces nos hemos equivocado por ello?

Porque a veces nuestro prototipo de personas no nos encaja con la realidad… tenemos que evitar juzgar a las personas solo por las apariencias.

En la primera Lectura del primer libro de Samuel, refleja cómo a Dios no le importa las apariencias y él se fija en el corazón de cada persona. Tal y como podemos comprobar que él hizo para elegir al rey David de entre sus hermanos.  “No te fíes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia, el Señor ve el corazón”.

articulos-229558Por eso cómo le dice el apóstol San Pablo a los Efesios, debemos caminar cómo hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.

Esa luz es la que nos une, la luz fuerte que nunca se apagará si continuamos por el camino que Dios, nos guía cómo cuando vislumbramos un faro en mitad del mar en el momento de creernos perdidos.

Por eso nos dice “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.”

Todo ello, me recuerda al mensaje del Papa Francisco I en la JMJ de Cracovia en el que nos dijo a los jóvenes: “levantarse del sofá, ponerse los zapatos y salir a caminar por senderos nunca soñados siguiendo la ‘locura’ de un Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, el sediento, el desnudo, el enfermo, el preso, el inmigrante, o el vecino que esta solo”.

Nosotros como cristianos tenemos que salir, salir de nuestra zona de confort y hacer que todos conozcan esa luz, hacer que esa luz resplandezca, y además como amigonianos tener misericordia en los demás como hizo también nuestro Padre Fundador Luis amigó. Ver esa luz en cualquier pequeña cosa que hagas a beneficio de los demás, obteniendo la mayor recompensa que se puede alcanzar, cómo es la satisfacción personal de estar haciendo lo mejor para los demás.

¿Y tú? ¿Cuándo sientes esa luz?

https://www.youtube.com/watch?v=NNCSMm9mnuw

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En el nombre del Señor

“- ¿Por qué desatáis al borrico? – El Señor lo necesita”

FOTO A

Jesús entraba en Jerusalén, la Ciudad Santa, la ciudad del Templo, con la gloria de los hombres y saldrá de ella con la Gloria de Dios. Todos esperaban a las puertas de la ciudad con sus palmas ondeando y vitoreando la entrada de Jesús, Él era famoso, como cualquier Lady Gaga o Auryn y recibió la gloria de los hombres, recibió vítores y gritos que pronto se transformarían en gritos de “¡crucifícalo!”. Cómo dice Luis Amigó la Fama es humo y así es la fama de los hombres que te sube a lo más alto para desvanecerse.

Ahí está la falta de perseverancia del ser humano, tan pronto te firma una petición para salvar refugiados como se pone la bandera de Francia en su perfil, o hace una publicación por la igualdad de derechos; eso sí luego al salir a la calle dirá con sus amigos: “estos inmigrantes nos quitan el trabajo”, “los franceses están siempre tirándonos la fruta en la frontera”, “es que las mujeres son…” o “a los chicos les falta…”. Y así estamos ondeando nuestra palma, diciendo unas cosas y haciendo otras, enfriando cada vez más nuestro corazón.

Jesús lleva toda la Cuaresma interpelándonos “¡CAMBIA! ¡HAY TIEMPO! ¡HAY ESPERZANZA!” pero ese cambio pasa por Él, esa esperanza pasa por Él, ese tiempo es el Suyo. Hoy vivimos en la vida del Yo y del mí y del para mí.

En la época de Jesús los Judíos estaban en búsqueda, sentían que faltaba poco para que viniera el Mesías y por eso le preguntaron a Juan Bautista y él señaló a otro en el tiempo de Dios y en la espera. Los Judíos querían tener un mesías, un salvador, y se conformaban con cualquier cosa y pronto se lanzaban a las calles a vitorear a cualquiera porque era SU decisión, era algo que ellos querían, no algo que viniera de Dios. Pero Isaías nos lo deja claro:

“Mi Señor me ha dado… mi Señor me abrió… el Señor me ayuda… Y yo no me resistí ni me eché atrás…”

Jesús entra en Jerusalén con toda su fuerza, dispuesto a predicar en el Templo lo mismo que había estado predicando en las sinagogas de Galilea y Judea, en las que a veces casi le echan a palos del pueblo, Jesús sabía salir corriendo de los pueblos porque aún no había llegado su hora… Pues en Jerusalén no iba a ser menos, sí curó, curó piernas, lepras, cegueras y corazones pero la curación que viene de Jesús es exigente: “ve y no peques más”, te remueve el corazón. Y claro las gentes de Jerusalén empezaron a molestarse, ellos tenían SU idea de mesías y esto no encajaba en SUS planes.

FOTO B

Las gentes se sienten traicionadas, se siente solas “¿por qué me has abandonado?” nos dice el salmo. Pero la respuesta es clara, Jesús nos la lleva diciendo toda la Cuaresma: “Pero tú Señor ven corriendo a ayudarme”. Oración, cuando uno se siente alejado, perdido y sumido en SUS cosas… TÚ SEÑOR ven y ayúdame, acercarte más a él. ¿Y cómo? Con la oración.

Pablo en su carta nos da una bofetada de humildad y nos recuerda, que aunque yo esté muy cerca de Dios, no soy Dios, no decido por Él, sino que Él decide por mí, y que tengo que humillarme, tengo que rebajarme, quitar parte de la arena para echar abono. Quitarme algo para mejorar.

Y por último Jesús no nos deja solos, instaura la Eucaristía, con un mensaje claro: ¡sigo aquí! Estoy con vosotros.

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¿Dispuesto a navegar?

<< No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? >>

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Ya está Isaías transportándonos a un mundo de imágenes y sentidos, de alegorías llenas de estilo, de una viveza tal que cuesta tragar sus palabras sin cuestionarse, sin masticar.

Es importante aclarar el contexto, nos encontramos frente al conocido como Déutero-Isaías [cap. 40-55] y a él le toco predicar en tiempo de exilio, en medio del decaimiento y la desesperanza más tenaz. Ahora imagínate a un hombre que clama en medio del monte a un pueblo perdido, que olvida sus raíces día a día, en una época de cambios culturales – políticos y sociales, una época difícil donde lo espiritual pende de un hilo…

¿Te suena ese contexto?

En contraste nos retumban las palabras del profeta << No os acordéis de lo antiguo >> ¿No es un poco contradictorio? Precisamente lo antiguo es lo que nos une, nos da identidad.

El Salmo 125 nos da luz para releer el texto completo, al grito de “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” y es que la esperanza está proyectada hacia el futuro, sustentada en el saberse amado por Dios. Esto implica una cualidad innata en nosotros, la capacidad de admirarse, dejarse sorprender por la creación, la bondad, los avances científicos, la inmensidad del universo. Y admirados reconocer que todo es DON; es un regalo que no hemos hecho nada por merecerlo, completamente gratuito, desbordante. ¡¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!!

Mirar al pasado nos ayuda a aprender, a conocer nuestra historia, a reconocer nuestra identidad; más de algún modo nos atrapa impidiéndonos avanzar si lo contemplamos con nostalgia. Expresiones típicas como “Ya no hay valores como antes”. “Antes las relaciones eran de otra forma”. “Ser religioso o cura antes era una honra”. “Antes no necesitábamos tanta tecnología”.

Releamos las palabras del profeta, <<No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo >> El Señor nos prepara algo nuevo para HOY para este SIGLO para esta IGLESIA. Y no solo algo novedoso sino algo cualitativamente mejor, más grande. Es más… << ya está brotando, ¿no lo notáis? >> .

  • El primer paso por tanto es dejar de quejarse, lamentarse, llorar, esconderse y lanzarse a la búsqueda inquieta y apasionante de Dios en el mundo de hoy. Como cita el título, ¿Dispuesto a navegar? ¡Pues suelta anclas!

La lectura de la carta a los Filipenses nos hace vibrar con el testimonio de Pablo, quien ha sabido dejar atrás el pasado para entregarse a Cristo. <<Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacía el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús. >>

  • El segundo paso es compartirlo. Vivirlo en comunión con otros que anhelan lo mismo que yo. Sentirme familia, Iglesia.

¿Y cómo alcanzo el premio? ¿Cómo ser alcanzado por Cristo?

Dice Jesús en el evangelio de hoy: <<Tampoco yo te condeno>>. Tampoco yo te insulto, tampoco yo te menosprecio, tampoco yo te engaño, tampoco yo te olvido, tampoco yo… pues NO podremos AMAR a la persona que tenemos delante mientras nos creamos superiores, mejores, más dignos, más santos.

  • Y este el tercer y último paso. Cuestionarse. Y dejar que Dios inunde nuestras vidas para ver el mundo y a las personas con otros ojos, con una mirada de misericordia.

Acabemos con una pregunta, para reflexionar durante esta semana… ¿a quién lapido yo directa o indirectamente?CdaqVzWW8AEY-Oh.jpg large

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Amor incondicional de Dios

“El amor incondicional y gratuito de Dios derriba todas las razones y argumentos que utilizamos para hacer juicios sobre otros y justificar nuestra no acogida”.

HIJO PRODIGO

¿Así es Dios? Sí, así es. Jesús dirige esta parábola a los fariseos y escribas porque no entienden ni soportan su comportamiento:

¡Acoge a los pecadores y come con ellos!

Y es que esta forma de actuar cuestionaba todos sus esquemas, los sociales y los religiosos. La imagen de Jesús compartiendo mesa con estas personas mal vistas y excluidas, según los líderes, de toda posibilidad de acceder a la salvación de Dios, es una de las más hermosas de los evangelios.

Nosotros lo comprendemos muy bien, porque no sentamos a nuestra mesa a cualquiera. Comer con alguien, y más cuando lo es en la propia casa, significa abrir una parte de nuestra vida y compartirla, y decirle al otro sin palabras que nos agrada su compañía. Dios, nos dice Jesús, quiere comer con todos. También, incluso, con esos fariseos que no entienden nada, como el hijo mayor de la parábola; precisamente por eso, porque no entienden nada.

El amor incondicional y gratuito de Dios derriba todas las razones y argumentos que utilizamos para hacer juicios sobre otros y justificar nuestra no acogida. Quizá nuestra mayor conversión consista en aprender a participar de esta fiesta de Dios, de sus besos, de sus abrazos…

1. ¿Cómo participo de la fiesta de Dios, que sienta a todos a su mesa?

2. ¿Soy capaz de expresar a los demás la ternura de Dios? ¿Qué me impide hacerlo?

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Una historia: la nuestra. Un anhelo: la felicidad. Una respuesta: vivir como hijos.

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Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla? (Gn 15, 8)

Este es mi hijo, el escogido, escuchadlo. (Lc 9, 35)

A modo de historia, las lecturas de hoy nos cuentan cómo es la vida humana y cómo debemos asumirla. La vida es tarea, es aventura, es riesgo y, siempre, salida hacia metas y proyectos en los que pueda hacerse realidad lo que no se es y se anhela. Ya Adán es víctima de errar en ese anhelo por alcanzar lo inalcanzable, pero Abraham cuenta con la compañía y complicidad de Dios en su deambular por la vida buscándose y buscando lo que constituye una meta humana: Ser más de lo que en el presente nos sentimos. Alcanzar una tierra en la que vivir a lo grande. Construir una sociedad que parezca una gran familia, todos descendientes de un mismo padre que sea reflejo del Padre en cuyo corazón todos estamos.

La historia de Abraham es la expresión de nuestro anhelo. Ser lo que no somos, todavía. Conseguir lo que no tenemos, todavía. Vivir bajo la inquietante búsqueda de una realidad que se nos escapa y que parece sembrar la duda sobre un futuro que pueda hacerla posible. Como el hijo que llenaría de satisfacción al patriarca, como la descendencia propia que heredaría lo conseguido.

El Evangelio nos da la respuesta a esa duda inquietante. En un ambiente de personas emblemáticas que recogen la historia de esa relación entre un hombre inquieto y un Dios demasiado aficionado al escondite, para lo que nos gustaría, Jesús invita a sus más íntimos a vivir por adelantado una experiencia que interioriza lo que es nuestro objetivo más deseado.

¿Dónde está nuestra felicidad? En saberse, sentirse y vivir como hijos.

Dedica un tiempo de silencio a hacerte consciente de tus miedos, y haz oración con ellos. Pero como Jesús, poniendo tu mirada en el Padre, confiado y entregándote a su voluntad.

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