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En el nombre del Señor

“- ¿Por qué desatáis al borrico? – El Señor lo necesita”

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Jesús entraba en Jerusalén, la Ciudad Santa, la ciudad del Templo, con la gloria de los hombres y saldrá de ella con la Gloria de Dios. Todos esperaban a las puertas de la ciudad con sus palmas ondeando y vitoreando la entrada de Jesús, Él era famoso, como cualquier Lady Gaga o Auryn y recibió la gloria de los hombres, recibió vítores y gritos que pronto se transformarían en gritos de “¡crucifícalo!”. Cómo dice Luis Amigó la Fama es humo y así es la fama de los hombres que te sube a lo más alto para desvanecerse.

Ahí está la falta de perseverancia del ser humano, tan pronto te firma una petición para salvar refugiados como se pone la bandera de Francia en su perfil, o hace una publicación por la igualdad de derechos; eso sí luego al salir a la calle dirá con sus amigos: “estos inmigrantes nos quitan el trabajo”, “los franceses están siempre tirándonos la fruta en la frontera”, “es que las mujeres son…” o “a los chicos les falta…”. Y así estamos ondeando nuestra palma, diciendo unas cosas y haciendo otras, enfriando cada vez más nuestro corazón.

Jesús lleva toda la Cuaresma interpelándonos “¡CAMBIA! ¡HAY TIEMPO! ¡HAY ESPERZANZA!” pero ese cambio pasa por Él, esa esperanza pasa por Él, ese tiempo es el Suyo. Hoy vivimos en la vida del Yo y del mí y del para mí.

En la época de Jesús los Judíos estaban en búsqueda, sentían que faltaba poco para que viniera el Mesías y por eso le preguntaron a Juan Bautista y él señaló a otro en el tiempo de Dios y en la espera. Los Judíos querían tener un mesías, un salvador, y se conformaban con cualquier cosa y pronto se lanzaban a las calles a vitorear a cualquiera porque era SU decisión, era algo que ellos querían, no algo que viniera de Dios. Pero Isaías nos lo deja claro:

“Mi Señor me ha dado… mi Señor me abrió… el Señor me ayuda… Y yo no me resistí ni me eché atrás…”

Jesús entra en Jerusalén con toda su fuerza, dispuesto a predicar en el Templo lo mismo que había estado predicando en las sinagogas de Galilea y Judea, en las que a veces casi le echan a palos del pueblo, Jesús sabía salir corriendo de los pueblos porque aún no había llegado su hora… Pues en Jerusalén no iba a ser menos, sí curó, curó piernas, lepras, cegueras y corazones pero la curación que viene de Jesús es exigente: “ve y no peques más”, te remueve el corazón. Y claro las gentes de Jerusalén empezaron a molestarse, ellos tenían SU idea de mesías y esto no encajaba en SUS planes.

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Las gentes se sienten traicionadas, se siente solas “¿por qué me has abandonado?” nos dice el salmo. Pero la respuesta es clara, Jesús nos la lleva diciendo toda la Cuaresma: “Pero tú Señor ven corriendo a ayudarme”. Oración, cuando uno se siente alejado, perdido y sumido en SUS cosas… TÚ SEÑOR ven y ayúdame, acercarte más a él. ¿Y cómo? Con la oración.

Pablo en su carta nos da una bofetada de humildad y nos recuerda, que aunque yo esté muy cerca de Dios, no soy Dios, no decido por Él, sino que Él decide por mí, y que tengo que humillarme, tengo que rebajarme, quitar parte de la arena para echar abono. Quitarme algo para mejorar.

Y por último Jesús no nos deja solos, instaura la Eucaristía, con un mensaje claro: ¡sigo aquí! Estoy con vosotros.

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¿Dispuesto a navegar?

<< No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? >>

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Ya está Isaías transportándonos a un mundo de imágenes y sentidos, de alegorías llenas de estilo, de una viveza tal que cuesta tragar sus palabras sin cuestionarse, sin masticar.

Es importante aclarar el contexto, nos encontramos frente al conocido como Déutero-Isaías [cap. 40-55] y a él le toco predicar en tiempo de exilio, en medio del decaimiento y la desesperanza más tenaz. Ahora imagínate a un hombre que clama en medio del monte a un pueblo perdido, que olvida sus raíces día a día, en una época de cambios culturales – políticos y sociales, una época difícil donde lo espiritual pende de un hilo…

¿Te suena ese contexto?

En contraste nos retumban las palabras del profeta << No os acordéis de lo antiguo >> ¿No es un poco contradictorio? Precisamente lo antiguo es lo que nos une, nos da identidad.

El Salmo 125 nos da luz para releer el texto completo, al grito de “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” y es que la esperanza está proyectada hacia el futuro, sustentada en el saberse amado por Dios. Esto implica una cualidad innata en nosotros, la capacidad de admirarse, dejarse sorprender por la creación, la bondad, los avances científicos, la inmensidad del universo. Y admirados reconocer que todo es DON; es un regalo que no hemos hecho nada por merecerlo, completamente gratuito, desbordante. ¡¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!!

Mirar al pasado nos ayuda a aprender, a conocer nuestra historia, a reconocer nuestra identidad; más de algún modo nos atrapa impidiéndonos avanzar si lo contemplamos con nostalgia. Expresiones típicas como “Ya no hay valores como antes”. “Antes las relaciones eran de otra forma”. “Ser religioso o cura antes era una honra”. “Antes no necesitábamos tanta tecnología”.

Releamos las palabras del profeta, <<No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo >> El Señor nos prepara algo nuevo para HOY para este SIGLO para esta IGLESIA. Y no solo algo novedoso sino algo cualitativamente mejor, más grande. Es más… << ya está brotando, ¿no lo notáis? >> .

  • El primer paso por tanto es dejar de quejarse, lamentarse, llorar, esconderse y lanzarse a la búsqueda inquieta y apasionante de Dios en el mundo de hoy. Como cita el título, ¿Dispuesto a navegar? ¡Pues suelta anclas!

La lectura de la carta a los Filipenses nos hace vibrar con el testimonio de Pablo, quien ha sabido dejar atrás el pasado para entregarse a Cristo. <<Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacía el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús. >>

  • El segundo paso es compartirlo. Vivirlo en comunión con otros que anhelan lo mismo que yo. Sentirme familia, Iglesia.

¿Y cómo alcanzo el premio? ¿Cómo ser alcanzado por Cristo?

Dice Jesús en el evangelio de hoy: <<Tampoco yo te condeno>>. Tampoco yo te insulto, tampoco yo te menosprecio, tampoco yo te engaño, tampoco yo te olvido, tampoco yo… pues NO podremos AMAR a la persona que tenemos delante mientras nos creamos superiores, mejores, más dignos, más santos.

  • Y este el tercer y último paso. Cuestionarse. Y dejar que Dios inunde nuestras vidas para ver el mundo y a las personas con otros ojos, con una mirada de misericordia.

Acabemos con una pregunta, para reflexionar durante esta semana… ¿a quién lapido yo directa o indirectamente?CdaqVzWW8AEY-Oh.jpg large

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Amor incondicional de Dios

“El amor incondicional y gratuito de Dios derriba todas las razones y argumentos que utilizamos para hacer juicios sobre otros y justificar nuestra no acogida”.

HIJO PRODIGO

¿Así es Dios? Sí, así es. Jesús dirige esta parábola a los fariseos y escribas porque no entienden ni soportan su comportamiento:

¡Acoge a los pecadores y come con ellos!

Y es que esta forma de actuar cuestionaba todos sus esquemas, los sociales y los religiosos. La imagen de Jesús compartiendo mesa con estas personas mal vistas y excluidas, según los líderes, de toda posibilidad de acceder a la salvación de Dios, es una de las más hermosas de los evangelios.

Nosotros lo comprendemos muy bien, porque no sentamos a nuestra mesa a cualquiera. Comer con alguien, y más cuando lo es en la propia casa, significa abrir una parte de nuestra vida y compartirla, y decirle al otro sin palabras que nos agrada su compañía. Dios, nos dice Jesús, quiere comer con todos. También, incluso, con esos fariseos que no entienden nada, como el hijo mayor de la parábola; precisamente por eso, porque no entienden nada.

El amor incondicional y gratuito de Dios derriba todas las razones y argumentos que utilizamos para hacer juicios sobre otros y justificar nuestra no acogida. Quizá nuestra mayor conversión consista en aprender a participar de esta fiesta de Dios, de sus besos, de sus abrazos…

1. ¿Cómo participo de la fiesta de Dios, que sienta a todos a su mesa?

2. ¿Soy capaz de expresar a los demás la ternura de Dios? ¿Qué me impide hacerlo?

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Una historia: la nuestra. Un anhelo: la felicidad. Una respuesta: vivir como hijos.

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Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla? (Gn 15, 8)

Este es mi hijo, el escogido, escuchadlo. (Lc 9, 35)

A modo de historia, las lecturas de hoy nos cuentan cómo es la vida humana y cómo debemos asumirla. La vida es tarea, es aventura, es riesgo y, siempre, salida hacia metas y proyectos en los que pueda hacerse realidad lo que no se es y se anhela. Ya Adán es víctima de errar en ese anhelo por alcanzar lo inalcanzable, pero Abraham cuenta con la compañía y complicidad de Dios en su deambular por la vida buscándose y buscando lo que constituye una meta humana: Ser más de lo que en el presente nos sentimos. Alcanzar una tierra en la que vivir a lo grande. Construir una sociedad que parezca una gran familia, todos descendientes de un mismo padre que sea reflejo del Padre en cuyo corazón todos estamos.

La historia de Abraham es la expresión de nuestro anhelo. Ser lo que no somos, todavía. Conseguir lo que no tenemos, todavía. Vivir bajo la inquietante búsqueda de una realidad que se nos escapa y que parece sembrar la duda sobre un futuro que pueda hacerla posible. Como el hijo que llenaría de satisfacción al patriarca, como la descendencia propia que heredaría lo conseguido.

El Evangelio nos da la respuesta a esa duda inquietante. En un ambiente de personas emblemáticas que recogen la historia de esa relación entre un hombre inquieto y un Dios demasiado aficionado al escondite, para lo que nos gustaría, Jesús invita a sus más íntimos a vivir por adelantado una experiencia que interioriza lo que es nuestro objetivo más deseado.

¿Dónde está nuestra felicidad? En saberse, sentirse y vivir como hijos.

Dedica un tiempo de silencio a hacerte consciente de tus miedos, y haz oración con ellos. Pero como Jesús, poniendo tu mirada en el Padre, confiado y entregándote a su voluntad.

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