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Amor incondicional de Dios

“El amor incondicional y gratuito de Dios derriba todas las razones y argumentos que utilizamos para hacer juicios sobre otros y justificar nuestra no acogida”.

HIJO PRODIGO

¿Así es Dios? Sí, así es. Jesús dirige esta parábola a los fariseos y escribas porque no entienden ni soportan su comportamiento:

¡Acoge a los pecadores y come con ellos!

Y es que esta forma de actuar cuestionaba todos sus esquemas, los sociales y los religiosos. La imagen de Jesús compartiendo mesa con estas personas mal vistas y excluidas, según los líderes, de toda posibilidad de acceder a la salvación de Dios, es una de las más hermosas de los evangelios.

Nosotros lo comprendemos muy bien, porque no sentamos a nuestra mesa a cualquiera. Comer con alguien, y más cuando lo es en la propia casa, significa abrir una parte de nuestra vida y compartirla, y decirle al otro sin palabras que nos agrada su compañía. Dios, nos dice Jesús, quiere comer con todos. También, incluso, con esos fariseos que no entienden nada, como el hijo mayor de la parábola; precisamente por eso, porque no entienden nada.

El amor incondicional y gratuito de Dios derriba todas las razones y argumentos que utilizamos para hacer juicios sobre otros y justificar nuestra no acogida. Quizá nuestra mayor conversión consista en aprender a participar de esta fiesta de Dios, de sus besos, de sus abrazos…

1. ¿Cómo participo de la fiesta de Dios, que sienta a todos a su mesa?

2. ¿Soy capaz de expresar a los demás la ternura de Dios? ¿Qué me impide hacerlo?

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Una historia: la nuestra. Un anhelo: la felicidad. Una respuesta: vivir como hijos.

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Señor Dios, ¿cómo sabré yo que voy a poseerla? (Gn 15, 8)

Este es mi hijo, el escogido, escuchadlo. (Lc 9, 35)

A modo de historia, las lecturas de hoy nos cuentan cómo es la vida humana y cómo debemos asumirla. La vida es tarea, es aventura, es riesgo y, siempre, salida hacia metas y proyectos en los que pueda hacerse realidad lo que no se es y se anhela. Ya Adán es víctima de errar en ese anhelo por alcanzar lo inalcanzable, pero Abraham cuenta con la compañía y complicidad de Dios en su deambular por la vida buscándose y buscando lo que constituye una meta humana: Ser más de lo que en el presente nos sentimos. Alcanzar una tierra en la que vivir a lo grande. Construir una sociedad que parezca una gran familia, todos descendientes de un mismo padre que sea reflejo del Padre en cuyo corazón todos estamos.

La historia de Abraham es la expresión de nuestro anhelo. Ser lo que no somos, todavía. Conseguir lo que no tenemos, todavía. Vivir bajo la inquietante búsqueda de una realidad que se nos escapa y que parece sembrar la duda sobre un futuro que pueda hacerla posible. Como el hijo que llenaría de satisfacción al patriarca, como la descendencia propia que heredaría lo conseguido.

El Evangelio nos da la respuesta a esa duda inquietante. En un ambiente de personas emblemáticas que recogen la historia de esa relación entre un hombre inquieto y un Dios demasiado aficionado al escondite, para lo que nos gustaría, Jesús invita a sus más íntimos a vivir por adelantado una experiencia que interioriza lo que es nuestro objetivo más deseado.

¿Dónde está nuestra felicidad? En saberse, sentirse y vivir como hijos.

Dedica un tiempo de silencio a hacerte consciente de tus miedos, y haz oración con ellos. Pero como Jesús, poniendo tu mirada en el Padre, confiado y entregándote a su voluntad.

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“… y el Espíritu llevó a Jesús al desierto” (Lc 4, 1-13)


¿Cuántas veces nos gustaría salir de nuestra vida atareada y estresada e ir a una isla solitaria, a una playa preciosa, a un refugio en la montaña sin ninguna obligación? Mucha gente hoy día siente ese impulso. Y de hecho, a pesar de la crisis, mucha gente sale de su núcleo urbano los fines de semana y en verano para eso: no hacer nada, descansar, respirar otros aires. Otros buscan la salida del ruido en el yoga, en el mindfullness, en el gimnasio…

Jesús también sintió el impulso de salir. Fue el mismo Espíritu (con mayúscula) quien le llevó al desierto, a la soledad, a no escuchar ni ver a nadie. ¿Para qué? Si entonces no había estrés, ni examenes, ni redes sociales. Se fué para poder concentrarse con lo esencial, a descubrir lo que Dios le inspiraba en su corazón. No es fácil vivir la soledad y el silencio, sobre todo si son 40 días. No estamos acostumbrados. Creemos que perdemos el tiempo, pero no es así.

Quizá tenemos algo de miedo ante el silencio, porque nos puedan surgir preguntas incómodas. A Jesús también le resultó costoso. En el silencio se encontró con el diablo, dice el evangelio, que le quiso desviar de su camino de entrega y amor a los hombres. Entonces Él encontró fuerza en el Espíritu y en la palabra de Dios.

Propuesta:

Te invito a que en esta semana te busques un hueco de 15 minutos (o más …) para el silencio. Puede ser en tu habitación antes de acostarte, en el parque, en una iglesia o capilla, y que recites con calma esa oración al Espíritu Santo. Escucha atentamente lo que lees e intenta entender qué te quieren decir estas palabras. ¿Qué frase te gusta? ¿Qué te dice, a qué te inspira …? ¿Qué es para ti ese Espíritu divino? ¿Te sale una idea que te gustaría ponerla en práctica?

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndidos. Fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía el que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

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