«Señor, déjala por este año todavía…»

“No te acerques, quítate las sandalias, pues el terreno que pisas es terreno sagrado”

Y es así… nos acercamos a la Pascua, cada vez queda menos. Dios habló a Moisés a través de la zarza ardiente; Dios escuchó, Dios vio la opresión a la que estaba sometido su pueblo, y manda a una persona, a Moisés, a una persona “elegida” por Dios para llevar a cabo una misión. Moisés parece tener dudas de cómo va a poder hacerlo, pero confía y lleva a cabo la titánica misión que Dios le ha encomendado, no por su propia fuerza, sino por la fuerza del Dios que le acompaña, del Dios que es “compasivo y misericordioso”, que cura todos nuestros defectos y es todo clemencia, como nos dice el salmo.

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Ya en el Evangelio, parece que Jesús, como nosotros ahora, y de lo que tanto nos advierte el Papa Francisco, no se libra de cotillas, que les gustaba “cotillear” lo que sucedía por los pueblos de Israel. Y es, en este caso que le comentan a Jesús, un hecho acontecido en aquellos días por orden de Pilato (habían matado a unos galileos mientras ofrecían sus sacrificios, y su sangre se había mezclado con la de los animales sacrificados). Todo un escándalo. Pero Jesús, no entra a juzgar lo ocurrido, Jesús no entra en el juego de acusar o valorar. Jesús sólo les pide que se conviertan (“si no os convertís…”), que dejen de intentar explicar todo, que con Dios hay poca explicación que como hombres podamos encontrar. Como hijos de Dios, sólo tenemos la opción de convertirnos, la opción de dejar de lado nuestros planes, nuestras seguridades y empezar a confiar más en Él, que es “camino, verdad y vida”.

Por si pareciera poco, Jesús no se queda ahí. “Les contó esta parábola”, la de la higuera estéril: una higuera, cuyo dueño llevaba ya tres años yendo a buscar fruto, y “nunca encontró ninguno”. Una higuera plantada en medio de una viña, una higuera cuidada por otro hombre…

Vamos a remarcar algún detalle que puede que se nos haya pasado de largo:

  • Dios es el dueño de la viña; decide plantar allí una higuera (en medio de la viña). Y es que Dios, no nos quiere a todos iguales, nos quiere a cada uno con nuestra manera de ser, con nuestras virtudes, con nuestros talentos y, también, con nuestros defectos. Dios nos ama como somos, también ama nuestras faltas. Dios no quiere los mismos frutos de cada uno… Dios quiere un fruto distinto de cada uno de nosotros. No todos valemos para lo mismo y no todos tenemos que dar lo mismo que da mi vecino… Y es que, hay veces que intentamos parecernos a otras personas que hacen muy bien las cosas, pero nos olvidamos que yo tengo una misión concreta para la que Dios me ha dado una serie de “talentos” concretos. Hemos de vivir auténticamente siendo nosotros mismos. No olvidemos que Dios iba en cada ocasión a buscar higos en la higuera… No buscaba uvas o peras… Y me surge la pregunta: ¿Doy fruto? El fruto que doy ¿Es el que me sale a mí, o el que intento copiar al de al lado?

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  • Otro aspecto: Dios es el dueño de la viña, pero, ¿quién es el cuidador? Podríamos interpretar que Jesús es el que la cuida, o que es la Iglesia (nosotros). Y es que, es Jesús el que, por mediaciones o directamente, va actuando en cada uno de nosotros, va “abonándonos”, mediante su Palabra y ejemplo, para que demos fruto, y nuestro fruto sea abundante. Es Jesús el que vino al mundo para que, en vez de cortarnos de una vez, tuviéramos una oportunidad para dar fruto. ¿Qué abono estoy utilizando esta Cuaresma? ¿La oración, la limosna, el ayuno, la misericordia…?
  • Para dar fruto, el cuidador de la viña, como ya hemos dicho, tiene que echar abono, pero también tiene que “cavar la tierra a su alrededor” primero. Pues es evidente que, para que entre algo nuevo, primero tenemos que vaciar un poco de lo que había antes. Para que en nuestro corazón se haga eco la voz del Señor, primero tengo que dejarle hueco, pues todos sabemos que sólo hay eco en lugares espaciosos y despejados. ¿De qué me tengo que desprender en esta Cuaresma para hacerle sitio a Jesús?

Esta Cuaresma ha de ser un camino de conversión, un camino para darnos cuenta que Jesús no nos pide nada más extraordinario y sencillo que ser nosotros mismos… Y para esto, nos hace falta escucharle a Él, pues sólo el Amo de la viña sabe qué tipo de fruto quiere de nosotros.

LA PODA DE DIOS

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