¿Cómo late tu corazón?

¿Alguna vez te has parado a pensar en cómo late un corazón sano? ¿Y uno enfermo? Sus latidos, sin duda, son diferentes. El sonido del primero podría ser “pum-pum…, pum-pum…, pum-pum…”; y el del segundo “pum, pum, pum, pum”.

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Vista esta diferencia… ¿cómo late nuestro corazón? Esta ha sido una de las reflexiones que hemos realizado el medio centenar de jóvenes de Amigó, Burlada, Caldeiro, Dos Hermanas, Massamagrell, Santa Rita y Torrent que hemos participado este fin de semana en el encuentro nacional de Juvam celebrado en Loeches (Madrid).

No cabe duda de que todos somos frágiles y tenemos debilidades. Pero esto no debe hundirnos, porque “el pecado confesado nos hace hermanos, nos permite empatizar con el otro, sentir lo que él siente”, nos dijo fray Lucho, el religioso franciscano que nos acompañó durante la mañana del sábado. “El que reconoce y confiesa su pecado nunca discriminará al otro”, añadió.

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Además, la misericordia de Dios nos permite tener la experiencia del corazón sanado, del corazón recuperado. Es más, según Lucho, “si Pedro no hubiera negado a Jesús, tal vez nunca hubiera conocido el amor”. ¿Por qué? Porque la culpabilidad nos asfixia (como a Judas, quien terminó ahorcándose después de traicionar a Jesús), pero el perdón nos permite encontrarnos con Dios.

Aun así, esto de la misericordia no es cosa solo de Dios. Nosotros también debemos ser misericordiosos, que no es otra cosa que «ver a quien está a mi lado como a un hermano», nos aseguró Lucho. De hecho, como jóvenes amigonianos estamos llamados a “curar a los heridos, vendar a los quebrantados y volver al recto camino a los extraviados”. (De la Regla y Vida de los hermanos y de las hermanas de la Tercera Orden Regular de san Francisco).

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Durante el encuentro también hemos podido pensar sobre los momentos de nuestra vida en los que más lejos o más cerca nos hemos sentido de Dios, hemos visto las historias de conversión de algunos santos y, mediante la oración, hemos puesto tiritas a nuestros corazones enfermos.

Ahora que ya estamos en casa, nos queda vivir la misericordia y la disponibilidad de nuestro corazón en nuestra realidad cotidiana y lugares de origen. Podremos imitar así al ciego Bartimeo del evangelio de este domingo cuando ya fue curado: seguir a Jesús, encontrarnos con los demás, entregarnos a ellos y construir un mundo nuevo en el que quepan todos y nadie quede a la orilla del camino.

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